El 7 de febrero de 1772 nació en Vitoria Miguel Ricardo de Álava y Esquível, militar, político y diplomático. Héroe durante la Guerra de Independencia Española, fue también Presidente del Consejo de Ministros de España. De Miguel Ricardo se podrían contar grandes hazañas, cómo por ejemplo que es una de las pocas personas, o quizá la única, que sobrevivió a la batalla de Trafalgar contra los ingleses y a la de Waterloo contra Napoleón Bonaparte, además de ser sin duda una de las figuras más relevantes del liberalismo decimonónico español. Pero quizás su más memorable hazaña fue su audaz plan para la recuperación de las obras españolas expoliadas por las tropas francesas, cuando asaltó el Louvre al frente de un destacamento ante la negativa de los funcionarios franceses a entregarlas.
Derrotado Napoleón, durante el Congreso de Viena, España, al igual que el resto de potencias afectadas, trató de restaurar la situación previa a Napoleón. Cómo es lógico, uno de los temas a departir era el tesoro artístico saqueado en España. A tal efecto, el rey Fernando VII envió a Pedro Gómez Labrador, un diplomático absolutista al que se le ha criticado mucho por su incompetencia, de hecho, el duque de Wellington dijo que era: «el hombre más estúpido que he visto en mi vida».
Si a esto le sumamos el pasotismo de Fernando VII por recuperar los tesoros españoles que Wellington le ofreció, es fácil imaginar las pocas esperanzas que podrían tener los españoles en recuperar algo en el Congreso de Viena.
Fue entonces cuando entró en escena Miguel Ricardo de Álava, que decidió entrevistarse directamente con el rey Luis XVIII de Francia propietario entonces de buena parte de los cuadros saqueados. El monarca comprendió que debía devolver las obras, pero se negó a ello y con una frase que pasó a la historia concluyó la entrevista “ni los doy, ni me opongo”. Con aquel descarado desafío Álava se marchó trazando un plan.
A su servicio seguía el aguerrido Nicolás Minussir, un italiano que combatió heroicamente en la defensa de Cádiz y la toma del castillo de Niebla y en el que Álava tenía depositada toda su confianza. Por otro lado, se encontraba el pintor catalán Francesc Lacoma i Fontanet, un estudiante de Bellas Artes al que la guerra de la Independencia le sorprendió pensionado en París, gracias a lo cual conocía a la perfección como funcionaba el museo del Louvre.
Solo faltaba una pieza clave en todo este plan, una fuerza militar lo suficientemente potente como para llevar a cabo el golpe maestro de Álava. Tampoco se necesitaba mucho, tan solo 200 soldados, los mismos que envió el general Wellington en ayuda de su viejo amigo Miguel Ricardo de Álava.
De este modo, y como el mismo rey francés había dicho que no se opondría, en septiembre de 1815, entró en Louvre al mando de 200 infantes ingleses y con Francesc Lacoma guiando la expedición se plantaron en el museo del Louvre para recuperar las piezas robadas.
Como era de esperar, se encontraron con la oposición del barón de Denon, Dominique Vivant, que no solo era el director del museo del Louvre sino también uno de los ideólogos del saqueo español. Lógicamente, la situación se volvió insostenible y para evitar el derramamiento de sangre, el comando del general Álava se retiró con el nada desdeñable conjunto de 120 pinturas.
A la mañana siguiente y conocedores de las ventajas burocráticas que supone madrugar, se presentaron a primerísima hora pillando a todo el mundo fuera de juego, de este modo sacaron otras 284 pinturas y 108 piezas de colecciones diversas, como el gabinete de Historia Natural y la imprenta Real que también habían sido expoliadas por las tropas napoleónicas.
Buen conocedor de los mecanismos diplomáticos, Álava envió aquel tesoro a la embajada de España en París. Dada su experiencia, sabía perfectamente que un convoy así era demasiado suculento para las tropas enemigas y en lugar de conducirlo a los Pirineos atravesando toda Francia puso rumbo a Amberes, ya que entonces, él mismo era embajador en los Países Bajos.
De este modo, aquel anhelado cargamento llegó al puerto de Olbulins (Holanda) y de allí arribó a Cádiz, para finalmente depositarse el 30 de junio de 1816 en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y de allí algunos de ellos pasaron décadas después al Museo del Prado. Por esto La Academia de Bellas Artes de San Fernando le nombró académico de honor.