¡Qué desconsiderado el señor Indalecio! Con lo bien que le iba a la República sin esas "veleidades" femeninas en las urnas. Es fascinante cómo la memoria histórica a veces parece sufrir de una amnesia selectiva, especialmente cuando se trata de recordar a los "campeones de la libertad" perdiendo los estribos porque las señoras iban a poder votar.
Aquí tienes un breve ejercicio de ironía sobre aquel episodio tan... democrático:
La "puñalada" de las faldas.
Resulta conmovedor imaginar a Indalecio Prieto, ese faro de la sabiduría progresista, huyendo de las Cortes con el disgusto propio de quien acaba de ver un fantasma. Y es que, para el líder del PSOE en 1931, el peligro no eran los sables ni los complots monárquicos: era el voto de las mujeres.
"¡Una puñalada trapera!", bramaba don Indalecio por los pasillos, convencido de que la República, ese edificio tan sólido, se vendría abajo porque las españolas —esas criaturas tan influenciables, según él— osaran tocar una papeleta. Qué ironía tan deliciosa: el mismo partido que hoy se cuelga todas las medallas del feminismo oficial, tuvo a su líder histórico protagonizando un berrinche de época porque Clara Campoamor (que, por cierto, no era del PSOE) se empeñó en que la mitad de la población también tenía derechos.
Es comprensible que estos detalles no abran los telediarios de RTVE. Al fin y al cabo, la historia es mucho más estética cuando se le quitan las manchas de incoherencia. Ver a Prieto gritando contra el sufragio femenino estropea un poco el relato de la "vanguardia moral", ¿verdad? Pero ahí queda el eco de su portazo, recordándonos que, a veces, los mayores enemigos del progreso fueron los que más alto gritaban su nombre... siempre que el progreso no llevara falda.